Transgredir, migrar y ser

Por Gabriel Álvarez

Cuando me invitaron a escribir para esta edición de Cuirpoétikas tenía el corazón acelerado y la emoción revoloteando por todo el cuerpo. Sentí y pensé que tenía mucho que decir. Sin embargo, pasé alrededor de tres semanas con la aterradora página en blanco, escribiendo una línea y borrando.  Traté de escudarme, queriendo hablar desde las posiciones teóricas sobre el género y las identidades disidentes, pero después de reflexionar, llegué a la conclusión que lo que siempre me ha parecido importante es la forma en que los temas (el género en este caso) nos atraviesan la piel y van creando nuestras narrativas. Y rescato la importancia de estas vivencias porque son las que forjan nuestros discursos y son nuestros discursos lo que nos terminan forjando.

Tengo hasta el momento siete años de identificarme como “hombre transgénero”. En lo que respecta al dato registrado, soy el primer hombre trans en Guatemala que reporta y expone haber realizado una cirugía de pecho e iniciar el tratamiento hormonal con testosterona sin traspasar las barreras geográficas. Siete años nombrándome en masculino y siendo leído socialmente como hombre. Sin embargo, desde hace un par de años he venido a cuestionarme la categoría de “hombre”. ¿Por qué nombrarme “hombre trans” y no “persona trans”?

Desde la vivencia hay aspectos de la vitalidad masculina que no me agradan. La masculinidad tiene una carga represiva bastante fuerte, sobre todo en los aspectos afectivos. Con el tiempo empecé a sentir que mis relaciones personales cambiaban. Cada vez me era más difícil acceder a los otros desde la ternura. Empecé a sentir como la relación con mi padre se volvía fría y distante (pasar del trato de “mi amor” al “vos”), quizás porque en su idea de respetar mi “masculinidad” debía mostrarse con ese trato hacia mí.

La ternura y el amor son aspectos humanos que debieran transcender el género, pero siendo el género un dispositivo del poder que sirve a los intereses, también en él va articulado el hacer menos humano al humano, distanciando a la persona de su ser y consolidando como necesidades y normas lo que el sistema establece. De esta manera, articulamos un sistema de consumo que no nos lleva a la satisfacción, ya que lo que “vende” nos es ajeno. 

Deconstruir la idea de “masculino” que nos han vendido debe hacerse desde la ternura. Desde recuperar los espacios afectivos, quitando la racionalidad de la que se ha dotado y se les ha demandado a los hombres. La rebeldía desde lo masculino debiera ser un acto desde la ternura y el amor.

Con la experiencia de vida trans también ocurre el haber tenido la oportunidad de ser leído socialmente desde seis identificaciones diferentes. A lo largo de mi vida me han leído como mujer, como lesbiana, como hombre trans, como hombre cisgénero, como hombre gay y la última fue como mujer trans. La lectura como mujer trans fue quizás una de las que más me ha impresionado. las personas al verme me identifican fácilmente como un hombre cisgénero sin embargo, en una diligencia al entregar mi documento se encontraron con que en la casilla, de sexo aparece “femenino”. Después de un silencio un poco incómodo para mi interlocutor, le expliqué que era transgénero, lo que inmediatamente asoció con el hecho de que estaba transitando para identificarme como mujer. Lo curioso en estas lecturas es que en cada una he encontrado un monto y una forma de violencia distintos.

El tránsito me ha dado la oportunidad de ver a través de distintas miradas y cuestionar muchas cosas, como por ejemplo las relaciones que tenemos con los otros y la relación que tenemos con nosotros mismos, en especial con nuestros cuerpos, ya que él es el medio con el que objetivamos todas nuestras construcciones subjetivas. En mi vivencia como “hombre trans” me di cuenta que en la transición física no me encontraba en un punto de reconciliación con mi cuerpo, no estaba en armonía.  A vista de todo, pues me veo como un hombre atlético. Sin embargo, la armonía con el cuerpo no depende de tan cercano se está con los estándares de belleza. Entre los tránsitos, me encontré que había aspectos con los que me hacía falta reconciliar.

 

La testosterona sintética empezó a desconectarme de mi. me hacía sentir ajeno. Ya no era sólo en el pensamiento o en los afectos donde la categoría “hombre” no me sentaba bien. El “hombre” empezó a repercutir en el cuerpo. Después de varios meses con dolores de cabeza y molestias que no se explicaban muy bien por nada físico, decidí suspender el tratamiento hormonal, y así han pasado cinco meses. Cinco meses que significaron otro viaje muy simbólico. Por ejemplo, volver a menstruar después de ocho años y hacerlo desde un cuerpo distinto, teniendo una lectura social diferente. Admito, y me atrevo a decir que fue otra menarquia. Me encontré entonces con el hecho de que estaba frenando el potencial de mi cuerpo por responder a estándares sociales.

 

Desde la razón no concibo explicarlo. Sólo alcanzo a hacerlo desde el sentir. En el momento que volví a menstruar me sentí fuerte, sentí el cuerpo vivo y capaz de funcionar por el mismo, sentí desde el vientre que tenía capacidad creadora y por ello sentí fuerza al saberme con la posibilidad de gestar una vida. Aún no sé si gestar esté en el plano de mi deseo. Creo que habrá tiempo para repensarlo. Y con esto, no quiero decir que me estoy nombrando “mujer”. Sólo intento evidenciar lo que los quiebres al binario y las identidades disidentes somos realmente: una maraña de cuestionamientos que aún no terminamos de desenredar.

 

Romper el binario no es un juego de vestidos, barbas y tacones. Romper el binario no es un acto performativo. Romper el binario es poner en tela de juicio las brechas que nos coloca el género y ponerlas desde las experiencias que nos atraviesan la piel, es decir, que se siente menstruar desde el baño de hombres. O cómo se siente entrar a un grupo y ser escuchado y que el liderazgo jamás se ponga en duda. O admitir como las represiones sobre los afectos nos van enajenando. Romper el binario es un ejercicio de resistencias diarias y constantes contra un sistema que oprime, es decir, que el género intersecta. Saber que puedo escribir y hablar del tema porque tengo apoyo de mi familia, porque mis padres son académicos y tuvieron acceso a capital cultural.

Romper el binario es entonces reconocer que no podemos escapar al contexto en el que vivimos, que somos reproductores del sistema sexo-genero, del binario, de los estereotipos de la heteronorma, pero reconocer también que iniciaremos el camino para futuras generaciones. No podemos escapar al contexto, afirma Foucault, pero podemos ir abriendo las brechas que nos limitan, y con esto me lleno el corazón de esperanza, de pensar que otras formas de vivir y otras formas de relacionarnos son y serán posibles. De momento la única forma que conozco desde mi perspectiva para aportar al cambio es narrar un poco del viaje que llevo escrito en la piel.  Un viaje que tiene por nombre, Gabriel.

Sobre Gabriel Álvarez

Fotografía: Bernardo Euler Coy

Fotografía: Bernardo Euler Coy

 

Psicólogo en proceso de titulación. Profesor de corazón, atleta. 
Soñador, idealista. Y entregado a la apuesta de que un mundo más humano siempre es posible.