Relato migratorio

en la frontera de géneros

Por Claudia Pivaral

Ya sabemos cómo funciona la asignación del género, desde tu primer respiro en esta vida, cual grotesco e incivilizado marcaje de ganado, ya hay un designo social, se es azul o se es rosa. Ignorando el resto de los matices te sitúan de un lado o del otro, en estas dos únicas posibilidades desde donde puedes ser. En mi historia el paso por la frontera binaria del género ha sido una constante odisea en la reinvención de mi identidad. Y es que a menudo traspaso de un extremo al otro, casi sin darme cuenta, porque realmente es la sociedad quien me coloca, quien me otorga pases temporales, quien me asigna normas, pertenencias, privilegios y responsabilidades acorde al enunciado en el que me encuentro.

 

Por momentos esa línea imaginaria se fusiona y causa caos en quienes, después de la binariedad, ya no encuentran más opciones. El desahogo de su incomodidad se evidencia en la evasión de sus miradas, de sus saludos y despedidas e incluso, algunas veces, en la rabia. El simple gesto de dar la mano o un beso pone en completo riesgo el metarrelato de las conductas masculinas y femeninas, del ser hombre o mujer. Y es tan frágil ese metarrelato porque no se encuentra en la naturaleza sino en lo figurado, como bien lo explica Buttler “lo natural es construido como aquello que tampoco tiene valor; más aún, asume su valor al mismo tiempo que asume su carácter social, es decir, al mismo tiempo que lo natural se rinde/renuncia como lo natural”.

 

Y en esa fragilidad es como en un mismo momento, en una habitación repleta de gente e incluso en una misma charla puedo ser él y ella al mismo tiempo.  Y quienes no logran enmarcarme en la dualidad de los géneros me siguen con ojos curiosos, en los lugares públicos, cuando necesito atender mis urgencias, para ver cuál baño elegiré y comprender entonces qué ando entre piernas, acción que les facilita decidir cuál será el trato hacia mi persona si nos vemos en la necesidad de interactuar; un trato ya sea cargado de ternuras y sutilezas o bien un trato de mucho respeto y táctico, además, apuesto que sin haber situado explícitamente los tratos que he ejemplificado, tú los habrás situado por instinto en los rangos de la binariedad del género.

 

A veces me quedo en frontera sin rumbo a ninguna de las dos opciones, pero comprendo que el lenguaje tiene sus limitaciones así que permito que la persona que interactúa conmigo elija dónde situarme. Debo admitir que me divierte un tanto darme cuenta como, a veces, después de nombrarme él o ella hacen una pausa esperando a que tome ventaja del momento para corregirles, pero no sucede, en su lugar solo encuentran en mi rostro una leve sonrisa y sus gestos caen en desesperante confusión. Pero no les torturo, la calma vuelve a sus seres cuando se dan cuenta que no me han ofendido y la charla fluye sin reveses.  ¿Por qué iba a ofenderme?, es el beneficio de situar mi identidad en fronteras o más allá de ellas. Aunque la masculinidad ha sido mi sitio predilecto desde la infancia, seguramente por los privilegios que esta conlleva, ya no el único.  Me encanta saberme libre de todo este paradigma que enlaza y enreda la masculinidad y la feminidad, del listado de chequecitos para ser azul o para ser rosa, cuando bien podría ser un violeta.

 

He de confesar que la desventaja de encontrarme fuera de ese binario o bien de transitar libremente por la frontera de esa dualidad que la mayoría defiende a capa y espada, ha provocado que muchas veces me resguarde en la soledad, que pierda oportunidades de acceso digno a una estabilidad económica y me ha puesto en riesgo físico, un par de veces. En Guatemala no es fácil transitar por los géneros. Desde la infancia se me ha exigido, más de una vez, situarme en un solo género, muchas veces a gritos, con rabia e indignación, con sugerencias pasivas, con señalamientos directos, porque simplemente no tengo permitido, como diría Ortega y Gasset, ser yo y mis circunstancias sin asignarme antes el contexto de privilegios, ventajas, desventajas, responsabilidades y limitantes atribuidas a cada género. Escabullirme del encapsulamiento binario tiene por consecuencia un ostracismo social que enfrento a diario.

 

            Convendría pensarnos como sociedad más allá del caratulado azul y rosa, desprendernos de los estereotipos, de la interpretación biológica en cuanto a la expresión del ser y mejor aún si dejamos en desuso los tratos sociales dispuestos en función de la bineriedad de los géneros, para abrirle puertas a los matices diversos que componen la exquisita complejidad de nuestras psiquis y permitirnos maravillarnos.

 

Sobre Claudia Pivaral


Pensum cerrado en licenciatura en letras por la Universidad de San Carlos de Guatemala. Defensora de derechos humanos, documentalista, humanista y queer.