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La normalidad como semiótica de poder

Una reflexión acerca del ejercicio del poder a través de la normalización y de la heterosexualidad

Por Pilar Isabel Salazar Argueta. 

Introducción

 

Este artículo pretende abordar de manera puntual y breve y no pretende ser un documento magistral del concepto de la normalidad y el papel que ha tenido la heterosexualidad históricamente como semiótica de poder. Aunque hay una propuesta personal se hace mención de  autoras y autores para respaldar y extender lo propuesto en este escrito.

 

La normalidad es una imposición hegemónica, una estructura  de grupos de poder que han establecido qué es la verdad[1]. A través de esta verdad el poder disciplinario controla la voluntad y el pensamiento convirtiéndose en un proceso de normalización/dominación.



La normalidad 

Cuando Queerpoéticas me invito a escribir un artículo no dejé de pensar de lo que implica hablar y llegar a un acuerdo de qué es la normalidad y cómo ha influido en las decisiones políticas de los países y en las sociedades a partir de una verdad que impone el poder, a través de la ciencia y el control de los medios de comunicación. Que ha servido para vomitar su apatía e indiferencia hacia lo no heterosexual y los cuerpos “subalternos[A1]  o de segunda categoría”. Esos cuerpos que se mantienen en los márgenes no solo de la  heterosexualidad sino también de la estética, de la blancura, de lo europeo. Cuerpos con capacidades funcionales o discapacidades que el capitalismo  ha categorizado como “inútiles y antiestéticos” o que son “raros e indeseables” y expulsados de la normalidad pues al cuerpo se le ha tratado como una maquinaria que debe ser perfecta.

 

 

 

Para continuar creo importante entender el concepto de poder:

 

Según Weber[1] poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de esa probabilidad.

 

Vale la pena recordar también las investigaciones hechas por Michel Focault en los años 70s donde crea un análisis de los límites del poder[2] y libertades individuales. El poder no está instaurado en una institución per se sino son relaciones entre individuos, es el poder encontrado y ejercido en el lugar donde encuentra resistencia. Crea represión pero también crea campos de producción de verdades.

 

Un claro ejemplo es la iglesia católica que en el siglo XVII empieza a ejercer este poder a partir de la “exclusión de los leprosos” y de los “apestados” movimientos que dieron paso a una simbología de enderezamiento disciplinario, que hace una práctica de la liturgia de exclusión sirviendo como ejemplo a las sociedades, desterrando a sus habitantes y confinándolos innecesariamente a tierra de nadie lejos de las ciudades. O la Santa Inquisición con todo el poder de dar muerte a la herejía y a la sodomía, o el rito del bautismo como una forma de “conversión” normalizadora en la colonización judeo-cristiana, condicionante para la convivencia y la expropiación de los pecados.

 

La heterosexualidad como régimen político-religioso


Es indudable que la heterosexualidad es otro de los símbolos de poder con lenguajes intrínsecos en la semiótica, que se ha metido en todas las relaciones sociales y genera un inconsciente estructural adherido a la culpa y condenación religiosa sino se practica, que “levanta una cortina de humo que ha penetrado en las discusiones políticas de los movimientos de lesbianas, de liberación de las mujeres[3]” de cuerpos disidentes y los LGBTI haciendo entender que es la heterosexualidad la responsable de la fundación de las sociedades y no hay forma de sentir/pensar diferente. De manera que es importante entender que las identidades son asignadas o sea impuestas al  nacer y que están vinculadas al sexo/género, la heterosexualidad y la homosexualidad y que no están constatadas genéticamente, sino como lo propone Paul Preciado [4]son invenciones de la modernidad, ficciones biopolíticas para establecer la hetero-normalidad.

 

 

¿Qué es la normalidad entonces?

 

Cuando en el siglo XVII y XVIII se empieza a nombrar la anormalidad y la constitución del “poder de la normalización” determinada por la baja frecuencia estadística de cuerpos y mentes con desórdenes mentales o raros, que se determinan desde  quienes tienen el poder, puedo entender entonces porque a los colectivos que son marginados han optado por llamarles de esa manera y que al mismo tiempo se desea que sean minorías o que ya no existan. Foucault los plantea en tres grupos en su curso sobre Los Anormales[5]; los monstruos, los incorregibles y los onanistas (masturbadores y desinteresados de la reproducción). Los monstruos eran una referencia a los cuerpos nacidos con dimorfismo, humanos nacidos siameses,  intersexuales llamados en otra época hermafroditas. Cuerpos que los espartanos en la antigua Grecia arrojaban desde el Monte Taigeto pues no los querían en sus civilizaciones y mucho menos que se reprodujeran. Entonces me cuestiono, qué tanto hemos avanzado como “civilización”[A1]  pues pareciera que seguimos reproduciendo la alteridad de una forma agresiva, matando social, física y jurídicamente a estas corporalidades subalternas. Así, lo normal va atravesado por una serie de preferencias y discriminaciones.

 

La discapacidad

 

Según la OMS[6] es un término general que abarca las deficiencias, las limitaciones de la actividad y las restricciones de la participación. Es un fenómeno complejo que refleja una interacción entre las características del organismo humano y las características de la sociedad en la que vive. Me hace pensar entonces que los cuerpos en condiciones de discapacidad deben hacer hasta lo imposible por saberse adaptar a las sociedades desde esa condición de monstro[7] como lo plantea Foucault, que evidencia lo que el orden social oculta y reprime, y desde esa lógica capacitista donde se patologiza lo excepcional y normaliza lo cotidiano. No me extraña entonces que en esta “categorización” quepan todes aquellos cuerpos disidentes no solamente disfuncionales para el trabajo “físico/intelectual” sino también aquellos cuerpos no heteronormados como las personas transexuales/travesties/lesbianas/homosexuales, etc y que el occidentalismo ha estado obsesionado por meterlos en un circo y el ofrecimiento de promesas judeo-cristianas de “querer es poder” “si tienes fe cristo te sana”.

 

 

Diversidad funcional

 

Debo admitir que me he visto confundida en algún momento en la utilización de estos términos pues Diversidad funcional viene de la filosofía del Movimiento de Vida Independiente y Divertad de España (particularmente de Madrid y Barcelona) y trata de anular las percepciones “negativas” que se le ha dado a través de la ciencia médica para minusvalidar a las personas. Aunque en una plática que tuve con Jonathan Maldonado (un amigo Antropólogo mexicano que por cierto estuvo en Guatemala conversando con Queerpoeticas) interesado en este campo me dijo: que el término se presta a reducir al mero instrumento de la funcionalidad a los cuerpos, y surge mi duda ¿funcional en relación a qué? Tomando como premisa que lo anormal o excéntrico no existe sin lo normado y viceversa.

 

Cuerpos disidentes-Identidades biopolíticas

 

Es imprescindible hablar de lo que Beatriz P. Preciado nombró como ficciones biopolíticas, el sujeto político vivo y encarnado, algunas de esas nociones identitarias que acarrean opresiones como la homosexualidad, la patología y la enfermedad, recreadas desde la hegemonía.

 

Me gusta la idea de proponer nuevas formas de vivir estas identidades que aunque no podemos disociarnos de ellas,  podemos vivirlas de otra manera y extrapolarlas e intentar salir de la represión, violencia y exclusión. Acá se me hace necesario proponer entonces otras formas de ser mujer, hombre o personas, crear nuevos lenguajes, hacer de la anormalidad una resignificación y sacar a los cuerpos de estas ficciones que han sido objeto de violencia.

 

 

 

 

 

 

 

¿Dónde estamos y quiénes somos en este momento?

 

Desde hace siglos  se producen una serie de movimientos de resistencia anti-esclavista, anti-racista, homosexual, feminista, transfeminista y marica. Un cuestionamiento a la heteronormatividad y los cuerpos disciplinados .Se hace necesario entender entonces dónde están ubicadas estas ficciones y cómo conseguir que diferentes cuerpos se integren en estas luchas sin que tengan que ser excluidos, pues a mi parecer, se pueda deconstruir las normas y crear nuevas formas de lenguaje y de convivencia. Vale más pensar en desarmar las semióticas del poder disciplinario y seguir creando monstruos.

Referencias bibliográficas

 

[1] Max Webber, Estructuras de poder, 1977, Ediciones la Pléyade, Buenos Aires, Argentina

[2] Franciso Ávila Fuenmayor, 2006, El concepto de poder en Michel Foucault, Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal, Maracaibo Venezuela, http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=99318557005

[3] Monique Wittiq, El pensamiento heterosexual, 1992,Editorial Egales, Barcelona

[4] Paul B. Preciado, 2002,2011, Manifiesto contrasexual, Editorial Anagrama, Barcelona

[5] Michel Foucault, Los Anormales, 2001, Ediciones Akal, Paris, Francia

[6] Organización Mundial de la Salud, url http://www.who.int/disabilities/world_report/2011/es/

[7] Raquel Lucas Platero Méndez, María Rosón Villena, De ‘la parada de los monstruos’ a los monstruos de lo cotidiano: La diversidad funcional y sexualidad no normativa, 2012,  Universidad Complutense de Madrid

Buena pregunta.

 [A1]Esta palabra la escuché en una entrevista pero no la encuentro, sino quitarla. Segunda categoría es una

 

[1] Edgardo Castro, La verdad del poder y el poder de la verdad en los cursos de Michel Foucault, Argentina.

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